Es una pena que el ser humano sea tan predecible. A pesar de nuestras capacidades tenemos que rendirnos a la biología. Hay una etapa para todo, y si esa etapa pasa sin haber reforzado ciertos aspectos del aprendizaje de lenguas, después es más complicado conseguir los objetivos.
El aprendizaje de lenguas es un proceso complicado e interesante. Chomsky se preguntaba cómo a partir de recursos limitados de la lengua podemos llegar a utilizar recursos ilimitados. Chomsky creía que nuestra genética está programada para la lengua. Si bien no es totalmente cierto, parte de razón tenía. El ser humano empieza a escuchar lo que será su lengua o lenguas antes de nacer. Posteriormente aprende escuchando, induce las normas lingüísticas sin darse cuenta de ello y así es como se deberían aprender todas las lenguas, incluidas las extranjeras. Posteriormente estudia las normas, pero cuando ya ha aprendido a utilizarlas, de esta manera es más fácil, porque sabe aplicarlas y extraer ejemplos. La tendencia en lenguas extranjeras es estudiar la norma y aprender a aplicarla posteriormente. Se ha demostrado que siguiendo este proceso, los resultados han sido desastrosos; entonces, ¿por qué no cambiar el método?
Ya antes de nacer comenzamos a construir y a llenar nuestro bucle fonológico. Tristemente, después de un año de nacer cerramos esta caja. La parte positiva es que todo fonema que hemos escuchado reiteradamente queda almacenado. Ya está formado nuestro registro fonológico.
Durante los próximos años nuestro nivel de abstracción nos permite aprender sobre todo vocabulario que podamos relacionar con algo real. Los conceptos abstractos no los entenderemos. Así un niño puede saber lo que es un amigo, pero desconoce el concepto de amistad. En esta etapa todavía podemos aprender mucho de la fonética de una lengua extranjera ya que nuestros órganos son mucho más flexibles y nos es más fácil asimilar los modos de articulación. Así, desde el año hasta que tenemos seis es muy importante reforzar la fonología y el léxico. Todas estas ventajas tienen también su contra. Un niño aprende fácilmente, pero así como lo aprende también lo olvida.
Tuve una alumna de dos años y medio. Aprendía las palabras con una facilidad asombrosa, sin embargo cuando llegaba la siguiente clase, ya se había olvidado. Por ejemplo, si se aprendía una canción sobre los colores, en esa clase reconocía todos los colores de la canción. En la siguiente clase ya no se acordaba de nada, solo de la música, cantaba la canción inventándose las palabras. La clase siguiente se acordaba de la canción pero no relacionaba los colores de la canción con el correspondiente en la realidad. Finalmente, cuando se aprendía la canción había pasado un mes, no dedicado exclusivamente a ella obviamente, y aun así no relacionaba los colores que le parecían más complicados. Eso sí, en cuanto se lo recordabas lo cogía al vuelo inmediatamente, y no lo olvidaba, hasta la siguiente clase, claro.
Hasta aquí la etapa gloriosa, a partir de los siete años nos volvemos más analíticos, comenzamos a aprender la gramática y a organizar el vocabulario.
A los diez años más o menos parece que nos volvemos viejos, perdemos muchas capacidades, como la de imitación o la plasticidad motora, esto quiere decir que ya no tenemos esa facilidad de aprender a pronunciar una lengua extranjera como en etapas anteriores. En esta etapa se empieza también a traducir; empezamos a notar una necesidad de saber qué significa todo en nuestra lengua, convirtiéndose en un filtro. A esta etapa se le llama el umbral fatídico, no podría haber nombre más apropiado.
No es de extrañar pues que se haya llevado a cabo durante tantos años el método gramática-traducción, a pesar de que sea soporífero, tenemos la necesidad de entender la norma y saber que significa. Pondré un ejemplo: la semana pasada, con mis alumnos de once años, aprendimos las comidas, precisamente para evitar traducir, cada comida iba acompañada de su correspondiente dibujo. Aun así dos de ellos me preguntaros: How do you say... in Spanish?
Esto es un craso error ya que mismo en nuestra propia lengua materna estamos en continuo aprendizaje. Si leemos un libro puede que en un párrafo no entendamos una o varias palabras, pero las sacamos por el contexto y, si las vemos reiteradamente, las interiorizamos. En este caso no nos preguntamos qué significa en otra lengua porque no tenemos referente. Cuando somos niños no entendemos todo lo que dicen nuestros padres, pero entendemos la idea general, y así los metemos en berenjenales tales como decir un secreto en voz alta aunque no entendemos que estamos haciendo algo mal.
A partir de los once años nos encontramos, pues, ya en nuestra etapa adulta, en cuanto a lo que aprendizaje de lenguas se refiere. En esta etapa las reglas gramaticales y el entenderlo todo se nos hace necesario, y sufrimos bloqueo cognitivo. Sin embargo, aparece el concepto de necesidad, sentimos que necesitamos aprender una lengua extranjera, por lo que puede ser un componente motivacional intrínseco importante, y, como profesores, debemos aprovecharnos de esto.